La Interfaz (I)

Publicado: 14 octubre, 2017 en Sin categoría

1.- Esta historia no trata de Laura.

Laura no es una chica bella. Ella lo sabía y se lo recordaba cada que al miraba espejo por las mañanas antes de ir al trabajo que detestaba. Su ausencia de pecho además de unas nalgas planas acompañadas de una cara sin facciones estéticamente apreciables le llevaban a este pensamiento. Se decía mientras se pasaba el peine que, aunque no recibiera decenas de solicitudes de amistad en la Interfaz como otras chicas con grandes pechos sobresaliendo en sus fotos de perfil, sabía que tenía algo especial: la chispa. Laura no tenía chispa alguna, al menos no en el sentido que ella apreciaba en sí misma.

Salió de casa y se dirigió a la parada de autobuses. Laura laboraba en los edificios de la policía municipal. Su trabajo consistía en cobrar las multas de tránsito y asistir a los respetuosos ciudadanos que confundían el oficio de su madre con el de prostituta y no como ama de casa, recordándoselo continuamente de lunes a viernes desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Se aferraba a su asiento del autobús en tanto el conductor realizaba una maniobra que le recordó a los pasajeros su propia mortalidad. Se sobresaltó como el resto y miró con furia al conductor regordete que, sólo por el hecho de conducir un transporte público, calificaba de iletrado y -¿porqué no?- de estúpido por haber interrumpido el curso de sus exquisitos pensamientos.

Aquella mañana antes de subir al cochino autobús -ese con la cochina gente y con el cochino niño chillándole a su cochina madre, a la que parecía importarle el llanto de su bodoque un cochino carajo- había encendido la Interfaz para revisar sus correos. Hubo uno que le llamó la atención sobre una marca de cosméticos muy popular. Al acceder a la función de experiencia, se vio así misma con un vestido extravagante de diseñador y con la cara de una modelo remplazando su anterior rostro sin chiste. Sentía que los cientos de flashes de las cámaras recorrían su piel al ritmo de una canción tecno del momento, además de las miradas lujuriosas de los paparazzis, asistentes y una que otra maquillista guiñándole el ojo. Laura regresó el gesto mordiéndose los labios. El comercial duró únicamente treinta segundos, dejándola sin la posibilidad de repetirlo pero con una promoción limitada: al comprar tres productos marca “realmente me importa un carajo”, podría llevárselos a precio de dos junto con la promesa de sentirse deseada sin tener que recurrir a la Interfaz. Había notado que, curiosamente -y para beneficio de las transnacionales-, las experiencias de los comerciales eran mucho más intensas en su función experiencia que en fantasía o recuerdo, evitando que los consumidores pudieran revivir el momento indefinidamente. Aunque Laura lo negase frente a sus amigos -y a sí misma-, sentirse deseada era una necesidad oculta que de tanto en tanto afloraba en su cabeza, y que trataba de reprimir mientras se aferraba a la vida en aquel transporte público de la muerte.

En el trayecto Laura fantaseaba con el día en que alguien se percatara de aquella chispa que brillaba acurrucada en su alma. Al no poder apostarle a su belleza física, depositaba sus esperanzas en sus pensamientos exquisitos y únicos. Hubo un momento de paz cuando el autobús recorrió una calle sin baches. Laura tomó su smartphone, conectó el cable neuronal y utilizó la función de pensamiento de la Interfaz: “Si la sociedad continúa por el camino de la superficialidad, dejando que lo banal reine en los corazones de los hombres, el mundo será desahuciado. Sin embargo, aquellos que vean más allá de lo efímero, podrán aspirar a la promesa fiel de contemplar la existencia por siempre… ¡estúpido-imbécil-iletrado, maneja bien!”. Laura podría jurar que el conductor estaba decidido a ganarse un bono por cada bache sobre el que pasara.

La función de pensamiento no era muy popular entre los usuarios, esto ya que la mayoría de la gente no podía mantener la concentración de los mismos resultando en algo parecido a: “muero porque me den la respuesta del consejo técnico, el proceso de titulación dura años y tengo que pasar por mi madre a la maldita iglesia, ahí fue donde ayer vi a Ricardo el de la secundaria. Engordó muchísimo. Yo estoy engordando”.

Laura tuvo que editar el pensamiento antes de publicarlo en la red Interfaz, terminando antes de llegar a los edificios de la policía. Reproducir y sentir los pensamientos de otra persona -como propios dentro de su cabeza- era un placer que Laura disfrutaba tanto como fantasear con miles de usuarios siguiéndola en su red de Interfaz, descargando sus pensamientos y reproduciéndolos hasta catapultarla a ser tema obligatorio en los cursos de filosofía en la preparatoria.

Pasó por los primeros controles y utilizó el scanner biométrico. Su puesto de trabajo era en la primera planta donde se encontraban las ventanillas para llevar a cabo trámites administrativos. Al fondo había dos pequeños cubículos contiguos con su respectivo dispositivo Interfaz. Al ser oficinas de gobierno, los administradores del edificio se habían encargado de conseguir los equipos más viejos y destartalados a disposición del servicio público. Habían pasado casi diez años desde que Interfaz saliera al mercado, al acceso de los humanos comunes y corrientes; y tan sólo dos años para que sus funciones más básicas fueran incorporadas a un simple smartphone. Los cacharros de la oficina tenían mínimo cinco años de uso y contenían únicamente las viejas funciones de recuerdo y fantasía, sin triste acceso a internet y, por supuesto, a la nube. Se le asignó a Laura para aquel día un cubículo con el que atendería las quejas de la ciudadanía. Odiaba atender a la ciudadanía. La mayoría se paraba en su pequeño espacio para quejarse por sus merecidas multas de tránsito o, peor aún, para enseñarle porquerías a través de la Interfaz. En una ocasión un hombre se quejó sobre el actuar policial y le ofreció a Laura enseñarle sus recuerdos sobre lo sucedido. Ella tomó el pesado casco que cubría gran parte de su cara y cráneo de las viejas versiones de Interfaz y dejó que los recuerdos ajenos fluyeran. Laura estaba desnuda con un nuevo cuerpo de hombre recibiendo una estimulación oral patrocinada por sí misma. Veía su propia imagen subir y bajar la cabeza a un ritmo lento y pausado, sintiendo el colchón bajo sus rodillas y la succión sobre su recién estrenado miembro sin rasurar. El ciudadano había usado la función fantasía sin que Laura se percatara. Para cuando se quitó el casco, el ciudadano ya estaba cruzando las puertas principales sin que el oficial en turno moviera un dedo.

Laura, por su parte, guardó aquella fantasía en sus recuerdos de Interfaz.

Aquél día no fue la excepción a su rutina. Una vieja se había quejado por una inmerecida multa de tránsito:

-¿Acaso ya no hay decencia en este país corrupto?- dijo la octogenaria antes de que Laura accediera a la función recuerdo.

Se sintió cansada y con dolor en las articulaciones de ambas rodillas. Los rayos del sol castigaron la parte superior de su nuca, entonces supo que el recuerdo se desarrollaba en un punto cercano el medio día. Por el peso en sus muñecas se percató que cargaba dos bolsas con vegetales y trozos de carne. Sus brazos regordetes y morenos fueron reemplazados por huesos cubiertos por un tejido amarillento y arrugado que difícilmente un medico especializado habría catalogado como piel. Aunque no lo notase al principio, Laura había perdido un aproximado veinte centímetros de altura y se desplazaba por ese mercado arrastrando sus pies. Dio una profunda bocanada pero no pudo disfrutar del aroma a carne puesta bajo el sol y humor humano, la anciana estaba enferma de gripa y Laura tenía que respirar usando la boca.

La garganta le comenzaba a arder.

Cuando se accede a la función de recuerdo el usurario no tiene control sobre el cuerpo, sus  acciones y las emociones que se experimentan. En otras palabras: el recuerdo no puede ser “adulterado” como en la función de fantasía donde el usuario puede tener el control del más ínfimo detalle.

Salió del tugurio y avanzó con dificultad por el centro de ciudad.

Al caminar media manzana reconoció como suyo un volkswagen amarillo. Algún oficial le había retirado las placas de su automóvil por estacionarse en raya peatonal. ¡Pero si era una dulce abuelita con necesidades especiales! La ira le hizo apretar los puños sobre las bolsas, procediendo a buscar al -seguramente- cerdo oficial que -seguramente- buscaría una mordida. Fue ahí cuando la inocente víctima del sistema opresor y corrupto le retiró el recuerdo a Laura dejando emociones no resueltas en su pecho. Hizo un esfuerzo por calmarse, por ser objetiva y recordar que la ley de tránsito del Estado -y las fuerzas de la lógica para niños de primaria- no ampararía a la dulce viejecita que terminó acusándola de corrupta y de zorra “descocada”. Laura no sabía qué significaba “descocada”, sin embargo sonaba lo suficientemente ofensivo como para malhumorarse por segunda vez ese día común y corriente.

Arriesgó la vida por segunda ocasión en la ruta B y regresó a casa. Era su hora favorita, la hora donde contaba el éxito de sus pensamientos. Tomó su aparato Interfaz recién estrenado hace una semana, se recostó en su cama, conectó ambos cables neuronales a las sienes y se dispuso a disfrutar. Sus sentidos abandonaron el departamento mal iluminado con olor a encerrado y ropa sucia, y se transportaron a su vestíbulo mental que era una especie de menú donde podía escoger entre las varias funciones de Interfaz. Seleccionó pensamiento. Cuarenta y siete reproducciones en ocho horas, todas ellas de @Mircalla98. Su fan número uno, “y tal vez el único”- pensó.

Accedió a la función recuerdo. Dedicó el resto de la tarde a explorar recuerdos de su lista de contactos, mucho más verosímiles que las fantasías. En cinco horas se emborrachó en las calles de Dublin, aprendió a domar olas en las playas de Honolulú, se subió a la Space Mountain de Disneyland en más de diez ocasiones, asistió a un seminario de Jaques Lacan de hace casi cien años y escaló las pirámides de Giza en un tiempo antes de que el terrorismo yihadista decidiera que aquellos monumentos paganos no tenían lugar en el futuro mundo gobernado bajo las leyes de Allah. En la parte más oscura de la red de Interfaz se dice que existe el recuerdo de los últimos momentos -incluyendo emociones y pensamientos- de un terrorista desatando el fuego nuclear sobre las tierras del río Nilo. Leyendas urbanas de mitad del siglo XXI, nada más.

@Mircalla98 mandó un pensamiento: “Simplemente me encantan tus ideas, ¡considérame tu fan!”. Su voz interior era dulce y pausada, la voz de una niña perdida pidiéndole indicaciones a un presidiario que ha escapado -con todo y uniforme de rayas- para llegar a casa. Había un dejo de coquetería deslizándose entre sus palabras. Imaginó a @Mircalla98 guiñándole un ojo al otro lado de la pantalla, esperando una respuesta similar. Pensó en lo peor: una mujer tan fea -quizá como ella- o un gordo pervertido con un modulador de pensamiento que quería, a la larga, convencerla para que le mandara recuerdos comprometedores. Acostumbrada a las malas intenciones, no contestó el pensamiento y se dispuso a recorrer las catacumbas de París.

Un segundo mensaje de @Mircalla98:“Lo siento si soy algo ruda, es que es muy extraño conocer a alguien con estos pensamientos y no saber cómo luce”. Era verdad, raramente Laura compartía recuerdos o imágenes donde los demás usuarios pudieran apreciar su belleza exótica. Tenía miedo de mostrarse a quien aseguraba ser su fan. Quizá no era consciente de su falta de originalidad -aquella chispa– pero, en cambio, sabía lo que podría pasar si mostraba su físico. Laura había sido lo suficientemente engañada en el pasado como para seguir viviendo a la expectativa; así que tomó un peine, dio un viaje al tocador, envió una selfie a su admiradora y esperó a que la esperanza se derrumbara. “No responderá”- pensó acostada boca abajo en su cama. Su fan respondió adjuntando una imagen: “¡Por fin puedo darle una cara a tus pensamientos! Por cierto, me llamo Vanessa”. Vanessa era dueña de un rostro pálido cubierto por cabellos negros y ondulados, grandes ojos color miel y una amplia sonrisa cubierta con el labial marca “realmente me importa un carajo” que había probado esa mañana. ¿Sus labios sabrían a cereza o fresa? En la siguiente hora utilizó la función fantasía para tratar de contestar esa pregunta. Del sabor de los labios pasó al sabor del cuello, vientre y finalmente los pies. Aquello no era suficiente, por lo que se dedicó a explorar el perfil de @Mircalla98 en busca de más pistas sobre su sabor.

Era una chica extraña. No había recuerdos compartidos propios, solamente pensamientos, remembranzas ajenas y algunas imágenes mentales de galerías de arte y pinturas que probablemente serían de ella.

Accedió a un archivo.

Sentía el sabor a tabaco en la boca y la garganta ácida. Estaba en el cuerpo de un hombre con problemas de sobrepeso entre una multitud de quince personas escuchando a la anfitriona del evento. De las paredes tapizadas color crema de aquella habitación octagonal y con olor a café colgaban cuadros sombríos, la mayoría de fondo negro con toques color rojo de pinceladas furiosas que le daban un aire violento a cada escena. El hombre gordo dejó de centrar su atención en el escote de Vanessa y pasó al cuadro que en ese momento explicaba. Era el único con un fondo blanco. Las pinceladas de negro dejaban entrever una caravana de hombres, mujeres y niños caminando por un desierto con cadenas en los tobillos. El desfile de esclavos se dirigía a un despeñadero. Algunos caían, otros se preparaban a saltar, y algunos arrojaban a los más pequeños aparentemente contra su voluntad. Sobre ellos había una nube ocupando la parte superior -y la mayoría- del cuadro. La nube tenía un rostro, un rostro iracundo y grotesco con ojos inyectados en sangre posados sobre la multitud suicida. Laura se sintió mareada dentro del cuerpo del hombre gordo. Éste dio media vuelta y se abrió paso entre el resto de los espectadores. A su espalda escuchaba a Vanessa con su voz siempre dulce: “… si ni con eso me obedecen y siguen enfrentándose a mí, los enfrentaré con furia y los castigaré siete veces por sus pecados. Comerán la carne de sus hijos y de sus hijas la carne comerán. Éste, uno de mis favoritos, le he titulado Levítico o, si lo prefieren, La extorsión y, como pueden apreciar, provoca la sensación que esperaba”- dijo Vanessa entre las risas del público dirigidas al hombre gordo que se apresuraba al baño gracias a una combinación de niveles bajos de azúcar en la sangre y arte. Laura se desconectó, buscó entre las opciones disponibles y guardó el recuerdo entre sus favoritos. Vanessa recibiría una notificación. Sería un coqueteo silencioso, tanto como guiñar un ojo a través de la Interfaz.

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El profesor (II)

Publicado: 2 octubre, 2017 en Sin categoría

Compartió una caricia con su mano esquelética y llena de marcas de cigarro sobre su mejilla, acto seguido dijo llamarse Jackie. Se desnudó lenta y torpemente, como quien ha ensayado la misma rutina un centenar de veces hasta el hastío. Le pasaba a todas las chicas: al ingresar eran la nueva sensación para las miradas de los caballeros al dar cierto aire de inocencia. Las semanas pasaban y con ellas las rutinas en la pista perdían esa imagen de frescura. Para mejorar el show las chicas recurrían al alcohol y, finalmente, a las tachas para mantenerse despiertas sobre la pista. Las drogas lentamente mermaban sus cuerpos y mentes hasta presenciar el lamentable espectáculo de aquella noche. Con el tiempo una nueva chica la reemplazaría. El brazo de Jackie temblaba al tratar de sostener su peso sobre la mesa en la que bailaba y que separaba su humanidad del alumno. Éste observaba sin perderse detalle alguno, preparándose para guardar la impresión de un recuerdo inútil y hostil al apetito. El maquillaje no podía esconder el herpes; las costillas sobresalientes le robaban el protagonismo a los pechos; el pelo estaba misteriosamente rígido y sucio; las ojeras denotaban cansancio; su nariz inquieta y sus sobresaltos inesperados -ante ruidos que sólo ella podía escuchar- delataban el tipo de sustancia que se moría por inhalar.
Después de haber cruzado el umbral del establecimiento fue conducido a la oficina de su empleador, justo detrás de la pista y los vestidores de las señoritas. Espero diez minutos detrás de la puerta hasta que un hombre calvo se entrevistó con él: “el señor Alvarez se encuentra ocupado en una llamada relativa a nuestro problema, le pido que acompañe a Jackie a la sala V.I.P en compensación por su tiempo, profesor”. A lo que el alumno respondió: “lo siento mucho pero el profesor no pudo presentarse. En cambio, me envió a mí para que lo representara”. El hombre calvo lo miró como quien miraría a un bicho después de aplastarlo… esperando a que moviera una de sus seis patas para rematarlo. Hubo un intercambio de miradas donde el hombre clavo no pudo esconder su incertidumbre: “¿He hablado con usted antes?”. “Me temo que no”, aclaró el alumno mirando detrás del hombro de su interlocutor, al interior de la oficina de donde había salido. El señor Álvarez se encontraba al otro lado de un escritorio de madera con una mano apoyando un teléfono en su mejilla y un cigarro en la otra. Estaba babeando de rabia. Fue cuando Jackie y su olor a mueble viejo lo escoltó hasta la sala V.I.P.
Hasta ahora el alumno había sido abordado por dos emociones, con excepción de la excitación: asco -el cual no es necesario explicar-, y su viejo amigo el miedo. Trataba de dar la impresión de estar disfrutando el espectáculo. ¿Que pasaría si se le escapaba la repulsión por las pupilas? La gente que lo vigilaba en su espera podrían pensar que era un maricón o un niño haciendo los mandados del profesor. La segunda opción le aterraba más ya que lo juzgarían incapaz de ocuparse del asunto, vetarían al profesor de nuevos trabajos con el jefe de plaza y a él le terminarían por hundir su prematura carrera criminal. Fingió gozo ante su público que, en primer lugar, no le daba importancia a su presencia, por lo menos no más que la imaginación del alumno.
El hombre calvo interrumpió la danza de Jackie. El alumno lucho con todas sus fuerzas por reprimir el alivio en su rostro, lo suficiente para evitar sospecha alguna de su displacer. Se despidió del herpes andante y lo condujeron nuevamente a la oficina del señor Álvarez. Éste estaba en medio de la habitación, maldiciendo al aire. Estaba borracho o su rostro enrojecido y su fragancia a destilería eran una cuestión natural. “¿Quién eres?”, no esperó respuesta. “¿Dónde chingados está el profesor?”. El alumno contuvo la emoción que se deslizaba desde su estómago hasta boca. Fue el centro de una atención colérica por unos segundos, hasta que los ojos de su empleador se encontraron con los del hombre calvo. “Arréglalo”, fue lo único que dijo antes de que saliera de la habitación, dando un portazo en un drama que sólo los niños pequeños se atreven a ofrecer al público. El alumno quedó petrificado en el centro de la oficina, forzándose a sí mismo a reaccionar, a correr detrás de su cliente. La voz del hombre calvo lo salvó de su letargo: “Disculpe a mi hermano, es muy visceral. He sido el contacto con el profesor, siempre por llamadas o correos pero nunca de manera personal. ¿Por qué?”. Dijo invitando al alumno con un gesto a sentarse.
-“El profesor tiene muchos clientes en su nómina, algunos de ellos en su misma zona de operaciones. Prefiere permanecer anónimo para evitar conflictos entre… las organizaciones, además de que establece algunas reglas”.

-“La última vez que recurrimos al profesor no establecimos regla alguna”.

– “El profesor no creyó conveniente hacerlo, al cabo sólo era una labor de consulta. Las reglas surgen dependiendo el trabajo, pero como precepto general el profesor no acepta trabajos que puedan generar conflictos directos entre las organizaciones. Para todo lo demás, el profesor estará dispuesto a asesorarlos”.- El hombre calvo retomó el whisky que su hermano había abandonado sobre el escritorio.

-“Es posible que el motivo de nuestra consulta se deba a una organización rival, ¿señor…?”

– “Soy un alumno. Mismas razones que el profesor”.

-“Lo entiendo. Ya establecidas sus condiciones, me gustaría que se encargaran de investigar nuestro asunto. Si resulta que la culpa recae en nuestra competencia, nosotros nos encargaríamos sin involucrar el buen nombre del profesor.

-“Perfecto. Por favor, explíqueme su dilema.
El hermano del señor Álvarez hundió su humanidad en el sillón, hablando con la mirada fija en el techo como un paciente en una sesión de psicoanálisis: “Mi organización tiene tiempo explorando nuevos mercados y diversificando sus operaciones. Hasta ahora hemos vivido en relativa paz con nuestra competencia. Si, hay células de otros carteles en nuestra plaza pero nos mantenemos a la cabeza. En cuanto el Estado, éstos reciben su tajada y nuestras rutas y almacenes quedan cobijados. Le digo esto porque ni mi hermano o yo podemos pensar en quién fue el responsable de lo que ha sucedido el último mes. Verá, en la zona industrial de la ciudad hay una empresa llamada Transportes y Químicos Julian. Cada mañana salen siete camiones, uno de ellos con un fondo falso y la verdadera mercancía escondida”. “¿Les robaron la mercancía?”, interrumpió el relato. “Nada tan sencillo, sino algo más… curioso. Hace quince días un camión cargado con cristal salió de la estación de carga. Se detuvo en una gasolinera ubicada a la salida del municipio de Piedras Negras, donde después fue supervisado por radio hasta que se perdió comunicación con el conductor. Naturalmente buscamos el camión y lo encontramos estacionado al lado de la carretera. No había señales de violencia, aunque el motor del vehículo estaba hirviendo. No había agua en la bomba para enfriarlo. La mercancía permanecía intacta, no faltaba ni un solo gramo. Lo que si hacía falta era el conductor: no estaba en los alrededores, no estaba en su casa ni de sus familiares y amigos. Simplemente se esfumó”.
-“Entonces un empleado suyo desapareció y desea que el profesor investigue”.

-“No, nuestro empleado está muerto”.

-“¿Cómo lo sabe?”

-“Sea paciente, ese fue el primero de los desaparecidos”- el alumno empezaba a sudar; lo que más deseaba era que, al final del día, el profesor no cumpliera su palabra y se encargara personalmente del caso. Dudaba que pudiera echar luz en el asunto.
“El día de hoy -continuo el hombre calvo- tuvimos un incidente. De Transportes y Químicos Julian salió un segundo camión cargado con nuestra mercancía, justo como todos los días. A los veinte minutos recibimos la última comunicación con nuestro empleado. Mencionó que había chocado en el kilómetro 16 contra un muro de contención rumbo a la Ciudad de México. Acudimos y, en efecto, el camión estaba estampado contra el muro, la mercancía permanecía intacta… pero nuestro empleado había desaparecido. Al principio creíamos que ambos habían huido de la organización. ¿Nos habían robado? ¿Nos vendieron a los federales? El plan original era que el profesor los encontrara, pero eso ha cambiado”. “Los han encontrado”, interrumpió el alumno. “Con las tripas decorando un almacén de la zona industrial: Refrigeración Deschamps”. El hombre calvo le pasó una carpeta. “Ahí tiene la información del almacén, los nombres de nuestros empleados así como su datos personales”.
El alumno ojeó la carpeta, había fotografías de las víctimas, además de documentos con direcciones y números de teléfono. El hombre calvo le interrumpió: “las otras víctimas son desconocidas, ninguno de ellos trabajaba para nosotros con excepción de Arturo Vidales. Ya lo teníamos ubicado, es un sicario de un cartel rival”. “¿Quiere decir que hay más de dos muertos?”, dijo el alumno sin poder ocultar el miedo.
“Nueve en total. Si el profesor acepta, nos gustaría saber quién los destripó para devolverle el favor”.

El profesor (I)

Publicado: 29 agosto, 2017 en Sin categoría

I

La lluvia golpeaba el parabrisas del Rolls Royce, recordando al alumno su mortalidad. Era difícil para su mente ansiosa resistirse a la imagen de su rostro adornando el asfalto y el magnifico vehículo volcado sobre el resto de su cuerpo. Extremaba precauciones en aquella carretera llena de baches escondidos por el agua, avanzando a cuarenta kilómetros por hora en una carretera de noventa donde el resto de los viajeros lo pasaban a ciento veinte. Aunque estaba oscuro, el alumno podía sentir las miradas de odio proveniente de sus ventanillas.

“Eres un estorbo”, repetía su mente severa. “Eres un estorbo para tus compañeros, eres un estorbo para tus empleadores, eres un estorbo para… el profesor”. El alumno era un entusiasta de la autocrítica destructiva. Tenía la facilidad de llevar a su conciencia sus errores y faltas con las más simples convenciones sociales y torturarse hasta quedarse dormido con la imagen de lo muy idiota que era gracias a su introversión. Su mente era tenaz a la hora de procurarse sufrimiento, llevando al alumno por un tour de humillaciones previas: si recibía un fuerte apretón de manos y correspondía con un gesto delicado, su cerebro lo recompensaba con el sentimiento de pusilanimidad y un torrente de recuerdos de situaciones idénticas. ¿Qué hay del plano amoroso? El alumno evitaba el contacto con el sexo opuesto no por falta de interés, sino por miedo. Su cabeza era atornillada constantemente por un dolor intenso y su corazón amenazaba con salir disparado de su pecho como una de las criaturas de El octavo pasajero. Todo esto acompañado de un tutti frutti de recuerdos sobre sus conquistas fallidas y sus miradas con cejas arqueadas y labios que escupían la palabra asco a sus oídos.

Miedo es la palabra con la que el alumno podría describir su vida cuando rindiera cuentas al Creador, seguido de un besuqueo en el culo del Padre que duraría por los siglos de los siglos tal y como las Sagradas Escrituras decretan. Miedo y humillación: la única constante en la vida del alumno antes y después de la muerte.

El alumno era consciente del origen de su afección: una madre odiosa tomaba la cabeza de su hijo y la inundaba con imágenes de monstruos y abominaciones que le esperaban a la vuelta de la esquina; y un padre que recurría al miedo del encierro en una azotea rodeado por oscuridad y frío para tratar de sanar los terrores ya cosechados por la madre. ¿Era resentido el alumno de sus padres? El conductor del Rolls Royce comprendía que el error de sus progenitores no era premeditado, sino producto de la desesperación y -una vez más- a sus propios temores, temores que se materializaban en sus mentes como la imagen de su único hijo adentrándose en la boca del lobo. ¿Quién diría que una farmacia cerrada y una botella de tequila podría abrirle la puerta a dos seres humanos a un mundo de ansiedad por el futuro de una bola de carne con agujeros y sus depredadores, sólo para terminar infectando y magnificando sus miedos en la misma?

Aunque confiaba en el juicio desvalorizado de su persona -y lo que representa ante otros más capacitados para el trabajo-, el profesor le había confiado esta tarea sin segundos pensamientos: “tienes la teoría en la cabeza, pero no nos sirven los conceptos en la vitrina de tu mente”, dijo el profesor unas horas atrás en un mensaje de voz adjunto al expediente electrónico de su cliente. “Quizá este trabajo te ayude a depender menos de mi persona, ¿estás de acuerdo? Toma las llaves, las dejé en mi escritorio. No quiero ningún rayón en mi juguete”. Las palabras del profesor tenían un poder casi hipnótico sobre su ansiedad, incluso si éstas eran pronunciadas en forma de recuerdos. El profesor se enfrentaba a decenas de alumnos armados con egos, títulos presuntuosos y una aptitud innata a la flojedad, en una batalla donde hacía uso de su labia e intelecto. Usualmente vencía no con la muerte de sus enemigos, sino con ellos sirviendo en su ejército con la voluntad recargada y un deseo por estrenar el órgano que hasta ahora descansaba detrás de la frente. El profesor confiaba en él, por lo que el temor al fracaso y al velocímetro quedaron atrás junto con el último bache en la carretera.

Las primeras luces de la ciudad luchaban al unísono con la lluvia en contra de los vidrios polarizados del vehículo, buscando una grieta que les llevara al conductor; éste, a su vez, triunfaba ante un GPS sedicioso. El Rolls Royce recorría lentamente las calles iluminadas por las luces de neon de los moteles y cantinas, en tanto su conductor alternaba la mirada entre los establecimientos y la pantalla del GPS, buscando el punto de reunión que el cliente había escogido.

El profesor se comunicaba con sus clientes de manera electrónica, pero en ocasiones, cuando el trabajo exigía su presencia, delegaba su presencia a un allegado con sus respectivos honorarios. El alumno no lo sabía pero su mentor poseía una extensa lista de colegas dispuestos a aceptar sus más delicados trabajos y así conservar el anonimato. El empleador en turno exigía de su presencia, no por lo delicado del trabajo sino por una primitiva necesidad de dejar en claro quién era el jefe. El señor Álvarez había consultado al profesor en distintas ocasiones, todas exitosas. Aún así, su desconfianza -producto de su oficio- y soberbia -también producto de su oficio- exigían la presencia del profesor en su oficina.

El Rolls Royce se detuvo en medio de la calle. Su conductor comparaba el nombre del establecimiento en su correo electrónico con el enorme letrero al fondo de la avenida. “La playa” destacaba entre los clubes de caballeros por la incongruencia entre su nombre -que evocaba la sensación de estar en un ambiente tropical- y las instalaciones -que evocaban la sensación de ser la siguiente estrella en una película snuff-. Aparcó en el estacionamiento del establecimiento donde espero diez minutos antes de decidirse a bajar. El alumno transpiraba miedo y estaba seguro de que ellos se darían cuenta. Sentía que sus empleadores desnudarían su mente y descubrirían sus terrores con tan sólo verle fijamente a los ojos. Retiró aquel pensamiento de su cabeza. Sabía que debía dar la sensación de seguridad si quería representar al profesor, y la confianza con su mentor dependía del éxito de esa noche.

Tocó decidido las puertas del establecimiento: “me envía el profesor”.